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Meditación sobre la Navidad

El Beato José Allamano, fundador de los Misioneros y Misioneras de la Consolata, nos ayuda a meditar sobre la Navidad
(Instituto Misiones Consolata, Los quiero así, Espiritualidad y pedagogía misionera, Argentina 2009, p. 101-102)

Nuestro Señor quiso anonadarse hasta hacerse Niño. El pesebre nos habla de la humildad y la sencillez del Señor. Si él se hizo pequeño, ¿por qué no deberíamos hacemos pequeños nosotros? San Bernardo afirma que Jesús se hizo tan pequeño cuanto amable. San Agustín dice que el Redentor quiso nacer como un Niño para ser amado. San Francisco de Asís iba por las calles exclamando: “¡Amemos al Niño de Belén! ¡Amemos al Niño de Belén!”. Y lo repetía a todos los que encontraba. ¿Quién no ama al Niño? En esta fiesta no se debe participar sólo con la razón, sino también con el corazón, Y quien no sienta este amor, que se lo pida a Jesús mismo por intercesión de la Santísima Virgen, que ardía de amor mientras esperaba a su hijo Jesús.

¡Qué importante es el misterio de Belén! Es maravilloso meditar sobre la Pasión, pero también lo es meditar sobre la Navidad. El santo Niño nos ha dado una importante lección al vencer las tres concupiscencias humanas: los placeres, las riquezas, los honores, para enseñarnos a vencerlas también nosotros. Él nos ha dado el ejemplo con sus sufrimientos, con la pobreza y la humildad. Naciendo tan pobre, el Señor ha querido alejamos de todas las comodidades de este mundo, Y así, canonizó la pobreza.

La Navidad no es una fiesta sólo para los niños, sino también para nosotros, que debemos hacernos pequeños para poder entrar en el Reino de los cielos. Ejercitémonos en aquellas virtudes propias del santo Niño: la sencillez y la humildad. ¿Y qué podemos decir de la humildad? Nuestro Señor se hizo muy pequeño: después se rebajó, se anuló hasta la muerte en la cruz. Cuando vayan al templo, mirando a Jesús en el sagrario y, luego, contemplando al Niño en el pesebre, díganle: “¡Quiero tener todas las virtudes!”.

Debemos amar al santo Niño por sí mismo. Él descendió del cielo y se encarnó precisamente por nosotros, por cada uno de nosotros y por nuestra salvación. Meditemos a fondo este “exceso” de amor de Jesús y, así, también nosotros lo amaremos. Pidámosle a Dios con insistencia este amor, repitiendo con san Agustín: “¡Señor, que yo te ame!”.

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Esperemos con María al Hijo de Dios que nació en Belén.

Estimados hermanos y hermanas cursillistas:

La Puerta de San José, de la Catedral de Murcia, es desde el pasado domingo día 13 de diciembre, la primera Puerta Santa que nuestro Obispo D. José Manuel ha abierto en la Diócesis de Cartagena para el Jubileo Extraordinario de la Misericordia

La participación en tan solemne celebración ha marcado en nosotros una huella imborrable: la cercanía, la ternura, la belleza y la bondad de la Misericordia de Dios. El ambiente litúrgico estaba cargado de arrepentimiento, humildad, esperanza y fiesta. Todo invitaba a abrir las puertas del corazón a la gracia del perdón que Dios nos ofrece en su Hijo, muerto y resucitado: «Dios será siempre para la humanidad como Aquel que está presente, cercano, providente, santo y misericordioso» (MV, 6).

Comenzamos el Jubileo Extraordinario de la Misericordia orando y escuchando la Palabra de Dios; poniéndonos en marcha bajo la guía de nuestro Pastor y en comunión con toda la Iglesia, para encontrarnos con Cristo «Paciente y Misericordioso», y, en estos días de Navidad, «Humilde y Pobre» en el Portal de Belén en los brazos de su Madre. ¡Vayamos a Él!

Ha llegado la hora de “salir” del estancamiento espiritual; de nuestros miedos y comodidades, para dejarnos interpelar por el amor del «Enmanuel», el «Dios-con-nosotros». Es el momento de abrirnos a la gracia de la Misericordia de Dios que ha bajado del Cielo “para poner su tienda entre nosotros”. Es la gran oportunidad que nos brinda la Iglesia, Esposa de Cristo y Madre nuestra, para que recibamos el abrazo «hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón» (MV, 6). Abrazo de Aquel que nos espera en el Sacramento de la Penitencia para destruir nuestro pecado, saciarnos de felicidad y colmarnos de la vida divina.

La peregrinación desde San Bartolomé hasta la Catedral, cantando la Letanía de los Santos, fue un tiempo profundo de súplica e intercesión y un testimonio vivo de la Comunión de los Santos: «Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos» (Sal 133). ¡Permanezcamos unidos!

La apertura del Jubileo nos lleva a sacerdotes, religiosos y religiosas, Movimientos Apostólicos y fieles laicos, a recorrer un Camino de comunión de vida y amor con la Santísima Trinidad y un Camino de Obras de Misericordia hechas visibles en el Niño Dios que ha nacido en Belén.

¡Celebremos la Navidad! ¡FELIZ NOCHEBUENA Y FELIZ NAVIDAD!
Vuestro Consiliario, Miguel Ángel Gil

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Entremos por la Puerta Jubilar

Estimados hermanos cursillistas:

El día de la Purísima Concepción de la Bienaventurada Virgen María, el Papa Francisco abrió solemnemente la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro del Vaticano, comenzando, así, para toda la Iglesia, el Jubileo Extraordinario de la Misericordia.

Apertura diocesana Jubileo Misericordia

Fue un momento de alegría y esperanza para toda la humanidad poder contemplar, a través de la Televisión y de otros medios de comunicación, cómo la Iglesia, Esposa de Cristo, ofrece en éste Año de Gracia a hombres y mujeres de toda clase y condición, la posibilidad de entrar por la Puerta de la Misericordia de Dios, para encontrar la alegría y la vida que necesitamos para ser felices.

La puerta que se abre no significa otra cosa que poder encontrarnos con Jesús, el Hijo de Dios Vivo, para entrar en su Corazón lleno de ternura y misericordia: “Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos” (Jn 10, 9).

Jesús es el “Rostro de la Misericordia de Dios”. Un rostro cercano y lleno de compasión para con todos y, en especial, para con los más pequeños, los que más sufren, los más despreciados y marginados, los más abandonados… Él se interesa por todos y regala todo lo bueno, lo verdadero y bello que nuestro corazón anhela y necesita para ser feliz.

Humilde, pobre, paciente y de mucha misericordia lo hemos podido contemplar en su Encarnación, Nacimiento, Vida Pública, Pasión y Muerte, Resurrección y Ascensión al Cielo: “Pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él”  (Hch 10, 38).

¿Quién de nosotros no querrá en este Año Jubilar apresurarse a entrar por esta “Puerta Santa” que encierra tantos bienes y ternura? ¿Quién de nosotros no tiene ansias de paz, de alegría, de felicidad, de amor, de perdón para sí mismo, para su familia, sus amigos y conocidos, y para toda la humanidad?

Apresurémonos a peregrinar, llenos de esperanza y alegría, hacia la Puerta Jubilar que nuestro Obispo D. José Manuel ha abierto en la Santa Iglesia Catedral de nuestra Diócesis de Cartagena.

Vuestro Consiliario, Miguel Ángel Gil

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