TomasAquino

EVANGELIO DEL DÍA: Mc 4,21-25: La medida que uséis la usarán con vosotros.

EVANGELIO DEL DÍA:
Mc 4,21-25: La medida que uséis la usarán con vosotros.

En aquel tiempo, dijo Jesús a la muchedumbre:
-«¿Se trae el candil para meterlo debajo del celemín o debajo de la cama, o para ponerlo en el candelero? Si se esconde algo, es para que se descubra; si algo se hace a ocultas, es para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír, que oiga.»
Les dijo también:
-«Atención a lo que estáis oyendo: la medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene.»

PISTAS PARA LA MEDITACIÓN:

En el Evangelio de hoy se nos plantea un interrogante: ¿Se trae el candil para esconderlo? ¡No podemos esconder nuestra fe en Cristo! Estamos llamados a ser luz para los demás. Todas nuestras obras han de transmitir que creemos en el Señor. Pero no sólo se trata de crecer en la vida de fe, debemos conducirnos de tal manera que cuando lleguemos al final de nuestra existencia el Señor nos encuentre con la llama de la caridad encendida.

Qué máxima tan importante nos da para vivirla: “La medida que uséis la usarán con vosotros”, tratar a los demás como queremos ser tratados. No hace falta pensar mucho para descubrir cómo quisiéramos que nos trataran los demás, cómo nos gustaría que pensaran de nosotros, qué cosas nos gustaría que dijeran de nosotros, qué querríamos que los demás hicieran por nosotros,… No nos dice que hagamos a los demás lo mismo que los demás nos hacen, sino que nos insiste en hacer a los demás lo que quisiéramos que hicieran por nosotros. Si esto ya nos parece mucho, no lo es todo. Hasta amar al que no te ama, incluso amar a quien te desea el mal. Hay que hacer todo movidos por el amor a Dios. Sólo el amor a Dios nos da la fuerza para amar, solo Él puede capacitarnos para amar, como Él nos ama.

También hoy celebramos a Santo Tomás. Voy a valerme de algunas indicaciones dadas por el Papa Emérito en su audiencia del 2 de junio de 2010: “…Tomás de Aquino mostró que entre fe cristiana y razón subsiste una armonía natural..Los estudiantes, como se puede comprender, estaban entusiasmados con sus clases. Uno de sus ex alumnos declaró que era tan grande la multitud de estudiantes que seguía los cursos de Tomás, que a duras penas cabían en las aulas; y añadía, con una anotación personal, que «escucharlo era para él una felicidad profunda» …Tomás no sólo se dedicó al estudio y a la enseñanza, sino también a la predicación al pueblo. Y el pueblo de buen grado iba a escucharle. Es verdaderamente una gran gracia cuando los teólogos saben hablar con sencillez y fervor a los fieles. El ministerio de la predicación, por otra parte, ayuda a los mismos estudiosos de teología a un sano realismo pastoral, y enriquece su investigación con fuertes estímulos.

Los últimos meses de la vida terrena de Tomás están rodeados por una clima especial, incluso diría misterioso. En diciembre de 1273 llamó a su amigo y secretario Reginaldo para comunicarle la decisión de interrumpir todo trabajo, porque durante la celebración de la misa había comprendido, mediante una revelación sobrenatural, que lo que había escrito hasta entonces era sólo «un montón de paja». Se trata de un episodio misterioso, que nos ayuda a comprender no sólo la humildad personal de Tomás, sino también el hecho de que todo lo que logramos pensar y decir sobre la fe, por más elevado y puro que sea, es superado infinitamente por la grandeza y la belleza de Dios, que se nos revelará plenamente en el Paraíso. Unos meses después, cada vez más absorto en una profunda meditación, Tomás murió mientras estaba de viaje hacia Lyon, a donde se dirigía para participar en el concilio ecuménico convocado por el Papa Gregorio X. Se apagó en la abadía cisterciense de Fossanova, después de haber recibido el viático con sentimientos de gran piedad.

La vida y las enseñanzas de santo Tomás de Aquino se podrían resumir en un episodio transmitido por los antiguos biógrafos. Mientras el Santo, como acostumbraba, oraba ante el crucifijo por la mañana temprano en la capilla de San Nicolás, en Nápoles, Domenico da Caserta, el sacristán de la iglesia, oyó un diálogo. Tomás preguntaba, preocupado, si cuanto había escrito sobre los misterios de la fe cristiana era correcto. Y el Crucifijo respondió: «Tú has hablado bien de mí, Tomás. ¿Cuál será tu recompensa?». Y la respuesta que dio Tomás es la que también nosotros, amigos y discípulos de Jesús, quisiéramos darle siempre: «¡Nada más que tú, Señor!».

Que tengas un buen día.

Jesús Aguilar Mondéjar, sacerdote.

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