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EVANGELIO DEL DÍA: Mt 8,5-11: Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe.

EVANGELIO DEL DÍA:
Mt 8,5-11: Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe.

En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole:
– «Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho.»
Jesús le contestó:
– «Voy yo a curarlo.»
Pero el centurión le replicó:
– «Señor, no soy quien para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; a mi criado: “Haz esto”, y lo hace.»
Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían:
– «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos.»

PISTAS PARA LA MEDITACIÓN:

En el Evangelio de hoy tenemos el encuentro del Señor con un militar, hombre de disciplina, un centurión, un hombre de mando, llevaban a su cargo una centuria, en torno a unos ochenta hombres. El encuentro con Jesús esta motivado por una petición de ayuda, no pide para él, nos encontramos con la petición de intercesión, le presenta el sufrimiento de su criado. ¡Cuanto bien podemos hacer por los demás!, no parece que sea difícil, simplemente con presentarle al Señor sus necesidades, parece fácil, pero nuestras preocupaciones a veces nos incapacitan para salir de nosotros mismos, para hablarle al Señor de los que nos rodean, para ver sus carencias, para ponernos en la piel del otro.

El Papa Francisco en la Misa de Santa Marta del 15 de marzo de 2018 habla de la oración de intercesión e insiste que ella involucra, y requiere paciencia: “«es necesaria paciencia: nosotros no podemos prometer a alguien rezar por él y después terminar la cosa con un Padre Nuestro y un Ave María e irnos. No. Si tú dices que vas a rezar por otro, debes ir por este camino. Y es necesaria paciencia». […]«para la oración de intercesión se necesitan dos cosas: coraje, es decir, parresia, coraje y paciencia. Si yo quiero que el Señor escuche algo que le pido, debo ir, e ir, e ir, llamar a la puerta y llamo al corazón de Dios», y hacerlo «porque mi corazón está involucrado con ello. Pero si mi corazón no se involucra con esa necesidad, con esa persona por la que debo rezar, no será capaz ni siquiera del coraje ni de la paciencia».[…] el «camino de la oración de intercesión» está bien claro: «involúcrate; lucha; ve adelante; ayuna; piensa en David, cuando el niño se enfermó: ayuno, oración, para obtener la gracia de la sanación del niño. Luchó con Dios, no pudo ganar, pero su corazón estaba tranquilo: se jugó su propia vida por el hijo».[…] Es necesario, por lo tanto, concluyó el Papa, pedir al Señor «la gracia de rezar frente a Dios con libertad, como hijos; rezar con insistencia, rezar con paciencia. Pero sobre todo, rezar sabiendo que yo hablo con mi Padre y mi Padre me escuchará».

Continuando con el pasaje, cuando el Señor se dispone a acompañarlo para ir a sanarlo, se encuentra con la confesión de este militar, se declara indigno, acostumbrado a ser obedecido reconoce en el Señor una autoridad, le pide solamente una palabra, al Señor le maravilla su actuación, se quedó admirado y resalta su fe, “no he encontrado en nadie tanta fe”. Una fe que cree sin ver, de un hombre que tiene su confianza en el Señor que no duda que tiene poder para hacer lo que le esta pidiendo, cree en su palabra que es viva y eficaz, creer es la seguridad de lo que no se ve y no necesita que se desplace ya que una sola palabra suya bastara para la sanación, para ser curado, para salvarle. Logra sorprender al Señor. ¡Que grande! El Señor se sorprende con nuestra capacidad de amor, cuando recorremos el camino de la humildad, -este soldado tenia plena conciencia de su indignidad, no era fingida- , ante el Señor todos somos mendigos, todos andamos faltos de sus dones, todos necesitamos su amor. Pero el Señor esta deseando saciarnos, el adviento despierta en nosotros el deseo que Dios venga a nuestras vidas y las transforme. ¡Ven, Señor Jesús!

Que tengas un buen día.

Jesús Aguilar Mondéjar (Chechu), sacerdote.

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