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EVANGELIO DEL DÍA: Lc 1,57-66.80: El nacimiento de Juan Bautista.

EVANGELIO DEL DÍA:
Lc 1,57-66.80: El nacimiento de Juan Bautista.

A Isabel se le cumplió el tiempo y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban.
A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como a su padre.
La madre intervino diciendo:
– ¡No! Se va a llamar Juan.
Le replicaron:
– Ninguno de tus parientes se llama así.
Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. El pidió una tablilla y escribió: Juan es su nombre. Todos se quedaron extrañados. Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua y empezó a hablar bendiciendo a Dios.
Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo
– Qué va a ser este niño? Porque la mano de Dios estaba con él.
El niño iba creciendo y su carácter se afianzaba; vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel.

PISTAS PARA LA MEDITACIÓN:

En la homilía de las misas matutinas de Sta. Marta, el Papa Francisco, el 24 de junio de 2013, se centró en la figura de Juan el Bautista: que «existe para proclamar, para ser voz de una palabra, de su esposo que es la palabra» y «para proclamar esta palabra hasta el martirio» a manos «de los más soberbios de la tierra». «Jesús dice que es el hombre más grande que haya nacido». Cuando «los escribas, los fariseos, van a pedirle que explique mejor quién era», responde claramente: «Yo no soy el Mesías. Yo soy una voz, una voz en el desierto». Él es «la voz, una voz sin palabra, porque la palabra no es él, es otro. Él es quien habla, pero no dice; es quien predica acerca de otro que vendrá después»,«nunca se adueña de la palabra; la palabra es otro.».

La predicación de Juan estaba en perfecta armonía con su estilo de vida. Su predicación se veía reforzada con el testimonio de su vida. De la misión de Juan el Señor nos hace participes y nos encomienda ahora, en nuestros días: preparar los caminos, ser sus heraldos, los que le anuncian a otros corazones. Nuestro mundo tiene necesidad de testigos del amor de Dios, no necesita teóricos, necesita testigos, es decir, los que con su vida puedan manifestar lo grande que ha estado y esta el Señor en sus vidas.

La misión del heraldo es desaparecer, quedar en segundo plano, cuando llega el que es anunciado. Una de las máximas de Juan: “conviene que Él crezca y yo disminuya”. Vivir para buscar en todo la gloria de Ntro. Señor. Es muy importante que el discípulo aprenda del maestro, de Ntro. Señor, la virtud de la humildad. En el apostolado, la única figura que debe ser conocida es Cristo. Ése es el tesoro que anunciamos, a quien hemos de llevar a los demás.

Juan, ante el Señor, se considera indigno de prestarle los servicios más humildes, reservados de ordinario a los esclavos de ínfima categoría, tales como llevarle las sandalias y desatarle las correas de las mismas. El hombre de Dios ante cualquier misión encomendada, lo primero que experimenta es que “no soy digno…” y también que quien capacita es el Señor con la ayuda de su gracia, que el Señor nos conoce y sabe a quien llama, y que no esta solo para la misión, que aprenda a descansar en El, y que confíe en la ayuda de la providencia.

Es necesario que Él crezca y que yo disminuya. Ésta es la tarea de nuestra vida: que Cristo llene nuestro vivir. En la medida en que Cristo, por el conocimiento y el amor, penetre más y más en nuestras pobres vidas, nuestra alegría será incontenible. Permaneced en mi amor para que vuestra alegría llegue a plenitud. Solo el Señor sacia el corazón del hombre.

Que tengas un buen día.
Jesús Aguilar Mondéjar (Chechu), sacerdote.

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