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EVANGELIO DEL DÍA Lc 7, 1-10: No soy digno…

EVANGELIO DEL DÍA
Lc 7, 1-10: No soy digno…

Cuando terminó de exponer todas sus enseñanzas al pueblo, entró en Cafarnaún. Un centurión tenía enfermo, a punto de morir, a un criado a quien estimaba mucho. Al oír hablar de Jesús, el centurión le envió unos ancianos de los judíos, rogándole que viniese a curar a su criado. Ellos, presentándose a Jesús, le rogaban encarecidamente: «Merece que se lo concedas, porque tiene afecto a nuestra gente y nos ha construido la sinagoga». Jesús se puso en camino con ellos. No estaba lejos de la casa, cuando el centurión le envió unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir a ti personalmente. Dilo de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo soy un hombre sometido a una autoridad y con soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; y a mi criado: “Haz esto”, y lo hace». Al oír esto, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la gente que lo seguía, dijo: «Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe». Y al volver a casa, los enviados encontraron al siervo sano.

PISTAS PARA LA MEDITACIÓN:

En el Evangelio de hoy vemos el poder de la oración de intercesión y el tesoro de la fe, que alaba Ntro. Señor. Se resalta la humildad y la confianza. Presupuesto primero la humildad: “no soy digno”, en cada eucaristía, antes de comulgar, repetimos estas palabras del centurión romano.

Contamos con la homilía del 29 de mayo de 2016 donde el Papa Francisco aborda y comenta este pasaje evangélico: “el Evangelio de hoy nos habla de servicio, mostrándonos dos siervos, de los que podemos sacar enseñanzas preciosas: el siervo del centurión, que regresa curado por Jesús, y el centurión mismo, al servicio del emperador. Las palabras que este manda decir a Jesús, para que no venga hasta su casa, son sorprendentes y, a menudo, son el contrario de nuestras oraciones: «Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo»; «por eso tampoco me creí digno de venir personalmente»; «porque yo también vivo en condición de subordinado». Ante estas palabras, Jesús se queda admirado. Le asombra la gran humildad del centurión, su mansedumbre. […] Él, ante el problema que lo afligía, habría podido agitarse y pretender ser atendido imponiendo su autoridad; habría podido convencer con insistencia, hasta forzar a Jesús a ir a su casa. En cambio se hace pequeño, discreto, manso, no alza la voz y no quiere molestar. Se comporta, quizás sin saberlo, según el estilo de Dios, que es «manso y humilde de corazón». En efecto, Dios, que es amor, llega incluso a servirnos por amor: con nosotros es paciente, comprensivo, siempre solícito y bien dispuesto, sufre por nuestros errores y busca el modo para ayudarnos y hacernos mejores. Estos son también los rasgos de mansedumbre y humildad del servicio cristiano, que es imitar a Dios en el servicio a los demás: acogerlos con amor paciente, comprenderlos sin cansarnos, hacerlos sentir acogidos, a casa, en la comunidad eclesial, donde no es más grande quien manda, sino el que sirve. […] en las lecturas de hoy hay un tercer siervo, aquel que es curado por Jesús. En el relato se dice que era muy querido por su dueño y que estaba enfermo, pero no se sabe cuál era su grave enfermedad. De alguna manera, podemos reconocernos también nosotros en ese siervo. Cada uno de nosotros es muy querido por Dios, amado y elegido por él, y está llamado a servir, pero tiene sobre todo necesidad de ser sanado interiormente. Para ser capaces del servicio, se necesita la salud del corazón: un corazón restaurado por Dios, que se sienta perdonado y no sea ni cerrado ni duro. Nos hará bien rezar con confianza cada día por esto, pedir que seamos sanados por Jesús, asemejarnos a él, que «no nos llama más siervos, sino amigos».”

También hoy celebramos la memoria de San Juan Crisóstomo. Llamado así por “boca de oro” por su elocuencia, sobresalía por sus cualidades oratorias y su profunda cultura. Importante la predicación en su vida. Su vida estuvo caracterizada por su celo por la fe, renunció a las vanidades del mundo, dedicándose por completo a la meditación, a la oración y al estudio de las Sagradas Escrituras. Ayunaba con mucha frecuencia y pasaba las noches en vigilia para orar y meditar. Su fama fue creciendo y cada vez eran más los que acudían a escucharlo. Se sabe que con sus predicaciones se convirtieron miles de personas, por lo que llegó a ser conocido como uno de los grandes predicadores de su tiempo. Pio X lo proclamo patrón de los predicadores y Juan XXIII patrono del Concilio.

Que tengas un buen día.
Jesús Aguilar Mondéjar (Chechu), sacerdote.

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