wash-4934590_1920

EVANGELIO DEL DÍA: Mt 15, 1-2.10-14: ¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros mayores?

EVANGELIO DEL DÍA:
Mt 15, 1-2.10-14: ¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros mayores?

Entonces se acercaron a Jesús unos fariseos y escribas de Jerusalén y le preguntaron: «¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros mayores y no se lavan las manos antes de comer?». Y, llamando a la gente, les dijo: «Escuchad y entended: no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre». Se acercaron los discípulos y le dijeron: «¿Sabes que los fariseos se han escandalizado al oírte?». Respondió él: «La planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz. Dejadlos, son ciegos, guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo».

PISTAS PARA LA MEDITACIÓN:

El Evangelio de hoy nos narra la discusión del Señor con los fariseos sobre lo que es puro e impuro. Resuena la llamada a la fuente de la tradición: “La Tradición de los Antiguos” transmitía las normas que debían de ser observadas por la gente para conseguir la pureza exigida por la ley. La gente vivía con miedo, siempre amenazado por las muchas cosas impuras que amenazaban su vida. ¡Fue una liberación! La Buena Nueva anunciada por Jesús sacó al pueblo de la defensiva, del miedo y le devolvió la voluntad de vivir, la alegría de ser hijos de Dios. El examen más importante de nuestra vida que tenemos que aprobar es el del amor, esa debe de ser la regla que nos mueva en nuestros actos, acciones y comportamiento con los demás, sean creyentes o no, solo el amor es lo que agrada a nuestro Señor.

Hoy celebramos la memoria de S. Juan María Vianney, conocido por el cura de Ars, para acercarnos a la figura de tan gran santo acudo a la Audiencia General del 5 de agosto de 2009 del Papa Benedicto XVI: “a las dos de la mañana del 4 de agosto de 1859 san Juan Bautista María Vianney, terminado el curso de su existencia terrena, fue al encuentro del Padre celestial para recibir en herencia el reino preparado desde la creación del mundo para los que siguen fielmente sus enseñanzas. ¡Qué gran fiesta debió de haber en el paraíso al llegar un pastor tan celoso! ¡Qué acogida debe de haberle reservado la multitud de los hijos reconciliados con el Padre gracias a su obra de párroco y confesor! […] Juan María Vianney nació en la pequeña aldea de Dardilly el 8 de mayo de 1786, en el seno de una familia campesina, pobre en bienes materiales, pero rica en humanidad y fe. Bautizado, de acuerdo con una buena costumbre de esa época, el mismo día de su nacimiento, consagró los años de su niñez y de su adolescencia a trabajar en el campo y a apacentar animales, hasta el punto de que, a los diecisiete años, aún era analfabeto. No obstante, se sabía de memoria las oraciones que le había enseñado su piadosa madre y se alimentaba del sentido religioso que se respiraba en su casa.
Los biógrafos refieren que, desde los primeros años de su juventud, trató de conformarse a la voluntad de Dios incluso en las ocupaciones más humildes. Albergaba en su corazón el deseo de ser sacerdote, pero no le resultó fácil realizarlo. Llegó a la ordenación presbiteral después de no pocas vicisitudes e incomprensiones, gracias a la ayuda de prudentes sacerdotes, que no se detuvieron a considerar sus límites humanos, sino que supieron mirar más allá, intuyendo el horizonte de santidad que se perfilaba en aquel joven realmente singular. Así, el 23 de junio de 1815, fue ordenado diácono y, el 13 de agosto siguiente, sacerdote. Por fin, a la edad de 29 años, después de numerosas incertidumbres, no pocos fracasos y muchas lágrimas, pudo subir al altar del Señor y realizar el sueño de su vida.
El santo cura de Ars manifestó siempre una altísima consideración del don recibido. Afirmaba: «¡Oh, qué cosa tan grande es el sacerdocio! No se comprenderá bien más que en el cielo… Si se entendiera en la tierra, se moriría, no de susto, sino de amor». Además, de niño había confiado a su madre: «Si fuera sacerdote, querría conquistar muchas almas». Y así sucedió. En el servicio pastoral, tan sencillo como extraordinariamente fecundo, este anónimo párroco de una aldea perdida del sur de Francia logró identificarse tanto con su ministerio que se convirtió, también de un modo visible y reconocible universalmente, en alter Christus, imagen del buen Pastor que, a diferencia del mercenario, da la vida por sus ovejas. […] El centro de toda su vida era, por consiguiente, la Eucaristía, que celebraba y adoraba con devoción y respeto. Otra característica fundamental de esta extraordinaria figura sacerdotal era el ministerio asiduo de las confesiones. […] se distinguió como óptimo e incansable confesor y maestro espiritual. […] Logró tocar el corazón de la gente no gracias a sus dotes humanas, ni basándose exclusivamente en un esfuerzo de voluntad, por loable que fuera; conquistó las almas, incluso las más refractarias, comunicándoles lo que vivía íntimamente, es decir, su amistad con Cristo. Estaba «enamorado» de Cristo, y el verdadero secreto de su éxito pastoral fue el amor que sentía por el Misterio eucarístico anunciado, celebrado y vivido, que se transformó en amor por la grey de Cristo, los cristianos, y por todas las personas que buscan a Dios.[…] Oremos para que, por intercesión de san Juan María Vianney, Dios conceda a su Iglesia el don de santos sacerdotes, y para que aumente en los fieles el deseo de sostener y colaborar con su ministerio.”

Concluyo con una de las oraciones que le gustaba decir y fue compuesta por él:

Te amo, Oh mi Dios. / Mi único deseo es amarte/ Hasta el último suspiro de mi vida./Te amo. Oh Infinitamente amoroso Dios,/ y prefiero morir amándote que vivir un instante sin Ti./ Te amo, oh mi Dios, y mi único temor es ir al infierno/ Porque ahí nunca tendría la dulce consolación de tu amor. /Oh mi Dios,/ si mi lengua no puede decir/ cada instante que te amo,/ por lo menos quiero/ que mi corazón lo repita cada vez que respiro./ Ah, dame la gracia de sufrir mientras que tea amo,/ y de amarte mientras que sufro,/ y el día que me muera/ No solo amarte pero sentir que te amo. Te suplico que mientras más cerca estés de mi hora final/ aumentes y perfecciones mi amor por Ti./ Amén./

Que tengas un buen día.
Jesús Aguilar Mondéjar (Chechu), sacerdote.

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *